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Yuliana Bustos

Yuliana Bustos

Estudiante de Pedagogía Social

Cuenta una vieja historia que algo horrible sucedió a tres hermanos chanchitos cuando decidieron construir su casa para salvarse de un lobo.  Pero la historia de hoy, la que les cuento es también un cuento de denuncia.  

Martes, 10 Abril 2012 19:02

(Re) Pensar la escuela

Estaba en quinto grado, mi maestra se llamaba Silvia; si hubiese sabido que ese día iba a ser  tan  significativo para mí quizás ella hubiera actuado distinto. Yo era la vergonzosa del curso, la que hablaba poco, la que andaba sola en el recreo muchas veces.  Silvia había dado como tarea para casa unas preguntas  del libro de Ciencias Naturales, esos libritos de Puerto de Palos que te dan las respuestas literalmente como formulan las preguntas. La pregunta era ¿Porqué no se puede tomar el agua del mar? En la puesta en común de la tarea yo no encontraba por ningún lado la hoja donde había copiado las respuestas, fue entonces cuando Silvia me dice: Bustos, por favor lee la pregunta tres y la  respuesta. Al no encontrar la hoja, tomé el libro, leí la pregunta, pensé, y dije: el agua del mar no se puede tomar porque tiene microbios y bacterias, además te hace doler la panza. Silvia gritó, y me castigó por no hacer la tarea, humillándome frente al resto de la clase. Lo que Silvia quería no era que yo pensara la respuesta, que dicho sea de paso, tenía lógica y decía algo parecido a lo que el libro; lo que ella quería era que copiara tal cual el libro y no me cuestionara demasiadas cosas. 

Pensar una pedagogía en la que tengamos en cuenta los errores que cometimos, la escuela que fomentamos y las ideas que reivindicamos puede ser tan difícil como después poder aplicarla. Nos acostumbraron a ser un recipiente de ideas, una simple reproducción de palabras ajenas. Y ponerse una frente a la hoja, lapicera en mano, con tanta responsabilidad a cuestas resulta también complicado. 

Si tuviese que pensar qué podríamos empezar por cambiar diría que en principio la escuela. Hemos atravesado años y años de una escuela sarmientista, que lejos de formarnos como seres pensantes se encargo de homogeneizarnos y expulsar a toda/o aquella/el que no se pudiese adaptar a sus normas y disciplina. Deberíamos empezar  a hablar no sólo  de educación popular sino también de escuela popular. Tendríamos que aprender a pensar en la escuela, la escuela debería aprender a pensarnos también. Aprender a relacionar los acontecimientos sin imaginarlos de un modo lineal, vinculando un hecho con el otro. Porque de este modo lineal aprendimos que la historia parece ser un cuentito de hadas, con un principio, un nudo y un desenlace (que no es posible problematizar) del que solo nos queda que “luchando no se consigue nada”, porque “¿para qué?”, si la historia después la escriben los/as que ganan. Ya es hora de aplicar los conceptos que vienen desde el tiempo de Descartes: aprender de memoria no sirve. También deberían de decirnos en la escuela que el dulce escritor de “Juvenilia”, Miguel Cané, fue también en 1902 el redactor de la ley de residencia, ley que se encargó de extraditar inmigrantes e imposibilitar la organización sindical que se venia gestando por aquellos tiempos. Enterarnos en la escuela quién fue Simón Rodríguez en lugar de aprender la vida y obra de Sarmiento, ó bien aprender sobre ambos y comparar las concepciones tan distintas que tenían sobre la educación popular siendo contemporáneos.

lunes 24 de julio del 2017.